miércoles, 17 de diciembre de 2008

celeste y verde

centenares de rubís brillaban en su cuerpo
y su sombra se esfumaba, envuelta por la luz

¨necesito otro cigarrillo¨ gruño mentalmente

el lenguaje verbal había dejado de ser fundamental para su cerebro, y miraba alrededor produciendo ecos que retumbaban en su cabeza abierta, con grietas hacia otras conciencias

el planeta se movía, los árboles lo hacían con fuerza

el viento nos ahogaba en su aire, sin ser demasiado frío

el sol explotaba nuevamente en nuestros ojos y la puerta del paraíso estaba al alcanse de nuestras pequeñas y estupidas manos

sin advertencia, ningún previo aviso

la ¨realidad¨ que veíamos al despertar, después de abrir nuestros pesados parpados

caía como el agua de una fuerte cascada, chocándose con las piedras del infinito

y en un instante una visión tan lejana como cercana, permaneció reflejada en nuestras pupilas

los colores diarios y rutinarios, se volvían a pintar como maravillosos, partes de un complejo y extranjero secreto, con la verdad a un millón de años luz

el ruido de la ciudad es como el que provoca el viento, pero inundado por un mar de fuego con nubes blancas

en las nubes la gente se acuesta y mira el cielo

en el mar volcánico, arden

pero ninguna de estas posturas es infinita

los cambios se dan, durante la vida

y tanto el silencio como el ruido

pueden desesperar

todo seguirá hablando alto, muy alto, sin siquiera abrir la boca.

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